Feliz Navidad

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EDWIN LOPEZ: Pedir perdón al ofendido

El apóstol Pablo dijo: "Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación" (Romanos 14:19). Aquí vemos cómo debemos acercarnos a una persona que hemos ofendido. Si vamos con una actitud de frustración, no promoveremos la paz. Sólo haremos que las cosas sean más difíciles para la persona que está herida. Debemos mantener la actitud de buscar la paz por medio de la humildad a costa de nuestro orgullo. Esta es la única forma de lograr una verdadera reconciliación.
Algunas veces me he aproximado a una persona que había herido o que estaba enfadada conmigo, y me ha contestado mal. Me ha dicho que era egoísta, desconsiderado, duro, orgulloso, rudo y otras cosas.
Mi respuesta natural sería decir: "No, no soy así. ¡No me comprendes!". Sin embargo, cuando me defiendo, estoy avivando el fuego de la ofensa. Esto no es buscar la paz.Defendernos a nosotros mismos y a nuestros derechos nunca traerá verdadera paz.
En cambio, he aprendido a escuchar y mantener la boca cerrada hasta que la persona haya dicho todo lo que necesita decir. Si no estoy de acuerdo, le hago saber que respeto lo que ha dicho y que examinaré mi actitud y mis intenciones. Luego le digo que lamento haberla herido.
Otras veces, lo que la persona dice sobre mí es cierto. Entonces lo admito: "Tienes razón. Te pido que me perdones".
Una vez más, simplemente se trata de humillarnos para conseguir la reconciliación. Quizá es por esto que en los versículos siguientes Jesús dijo:
"Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante (Mateo 5:25-26).
El orgullo se defiende. La humildad acepta y dice: "Tienes razón. Actué de esa forma. Por favor, perdóname".
"Pero la sabiduría de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable,condescendiente, llena de misericordia y de buenos frutos, sin vacilación, sinhipocresía" (Santiago 3:17, La Biblia de Las Américas, énfasis añadido).
La sabiduría de lo alto está dispuesta a ceder. No es rígida ni obstinada en lo relativo a los conflictos personales. Una persona sometida a la sabiduría divina no teme ceder ni aceptar el punto de vista de la otra persona mientras esto no signifique
violar la verdad.
Ahora que hemos hablado de qué hacer cuando ofendemos a nuestro hermano, veamos qué debemos hacer si nuestro hermano nos ofende a nosotros.
"Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano" (Mateo 18:15).
Muchas personas aplican este versículo de la Biblia con una actitud diferente a la que Jesús tenía en mente. Si han sido heridas, van y confrontan a quien las ofendió con un espíritu de venganza y enojo. Utilizan este versículo como justificación para condenar a aquel que los ha herido.
No obstante, se equivocan en cuanto a la razón por la que Jesús nos dijo que nos acercáramos al otro. No es para condenarlo, sino para reconciliarnos. Él no desea que le digamos a nuestro hermano cuán malvado ha sido con nosotros. Debemos cerrar la brecha que evita la restauración de nuestra relación.
Esto representa un paralelo de cómo Dios nos restaura a sí mismo. Nosotros hemos pecado contra Dios, pero Él "muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:8). ¿Estamos dispuestos a dejar a un lado nuestra autoprotección y morir al orgullo para ser restaurados ante aquel que nos ha ofendido? Dios vino a buscarnos antes de que nosotros le pidiéramos perdón. Jesús decidió perdonarnos aun antes de que reconociéramos que lo habíamos ofendido.
Aunque Él vino a buscarnos, no podíamos reconciliarnos con el Padre hasta que recibiéramos su palabra de reconciliación.
"Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotrosla palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios" (2 Corintios 5:18-20, énfasis añadido).

La palabra de la reconciliación comienza sobre la base común de que todos hemos pecado contra Dios. No desearemos la reconciliación o la salvación a menos que sepamos que existe una separación.
En el Nuevo Testamento, los discípulos predicaban que el pueblo había pecado contra Dios. Sin embargo, ¿para qué decirles a las personas que han pecado? ¿Para condenarlas? Dios no las condena. "Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él" (Juan 3:17). ¿O es para llevarlas al punto en que comprendan cuál es su situación, se arrepientan de su pecado y pidan perdón?
¿Qué es lo que conduce al arrepentimiento? La respuesta se encuentra en Romanos 2:4 (énfasis añadido): "¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?".
La benignidad de Dios nos lleva al arrepentimiento. Su amor no nos deja condenados al infierno. Él demostró que nos ama enviando a la cruz a su Hijo, Jesús, para que muriera por nosotros. Dios nos busca primero, aunque hemos pecado contra Él. Y nos busca no para condenarnos, sino para restaurarnos...para salvarnos.
Dado que debemos imitar a Dios (ver Efesios 5:1), precisamos extenderle la reconciliación al hermano que peca contra nosotros. Jesús estableció este parámetro: Ve y muéstrale su pecado, no para condenarlo, sino para quitar del medio cualquier cosa que los separe, a fin de poder ser reconciliados y restaurados. La benignidad de Dios en nosotros llevará a nuestro hermano al arrepentimiento y la relación será restaurada.

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